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Los veintiún gramos del alma

Feb 22, 2018

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Medianoche. Ya está hecho. El médico ha firmado el acta de defunción y las enfermeras están terminando de recoger los monitores y el equipo de constantes vitales.

Dentro de unas horas se difundirá la noticia, sonarán insistentemente los teléfonos y un enjambre de curiosos se agolpará delante de la casa. El circo mediático se pondrá en marcha, y hasta es posible que la policía se presente a husmear. Tendré que hablar con ese chico tan majo, al que hace poco han nombrado ministro, y amenazarle con aceptar la oferta del MOMA de Nueva York…si me tocan las narices más de lo debido.

Pero eso será dentro de unas horas. Ahora estamos tú y yo solos; y esta noche, nuestra última noche, compartiremos mis recuerdos.

Hace unos meses, poco antes de que tus pensamientos terminaran de enredarse en la tela de araña que tejía insidiosamente un tumor cerebral, me revelaste al fin la obsesión que siempre te dominó. Me resultó a la vez extraño, y descorazonador, comprobar que una relación de casi cuarenta años no garantiza llegar a conocer los más íntimos anhelos del ser amado. Siempre he tratado de protegerte de mi mismo, me decías, casi con vergüenza. Y yo de odiarte, pero ya ves que con escaso éxito, te contesté.

Según mi madre –hasta ahí no alcanza mi memoria-, ya me gustabas con año y medio, tal como dejé bien claro el día que ella coincidió con la vecina en el parque, y tú te decidiste a acercarte a mi sillita de paseo. Te agarré del pelo y te planté un sonoro "muac"en la boca. Diste un grito y saliste corriendo a refugiarte entre las faldas de tu madre. "Esta chica tiene las ideas claras", fue la sentencia de ambas; y desde entonces nos tomaron el pelo llamándose consuegras entre ellas.

Lo que sí recuerdo perfectamente fue mi primer día de colegio: el berrinche que tenía al ver que mi madre se iba sin mí, dejándome con una panda de críos tan desconsolados como yo. Menos mal que apareció mi lindo vecinito, tan mayor –casi dos más que yo- y tan galante. Me agarré de tu mano como un naufrago a su tabla de salvación. Lo malo es que después no quise soltarla en toda la mañana…no hasta que la profesora me prometió el oro, el moro y la mitad de los caramelos. Y, por supuesto, no hasta que me dejaste darte otro beso, mi ruborizado vecinito.

Años después, cuando ya eras toda una celebridad, un avispado crítico me localizó, intuyendo que yo sabría algo de las primeras obras –perdidas- del gran genio. No se equivocaba, pero ni yo estaba dispuesta a compartirte con el resto del mundo, ni tú a desvelar el secreto de la musa sin rostro. El primer dibujo que me regalaste fue el de una princesa de cuento de hadas delante del espejo, de rostro velado y devolviendo la mirada de una niña: la mía.

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La niña se transformó en una tímida y esmirriada adolescente con coletas, acomplejada por la ausencia de curvas, romántica hasta decir basta y muy preocupada porque era medio palmo más alta que su canijo amorcito. Pero tú me veías de otra manera, o eso querías hacerme creer, ya que siempre aparecía en tus dibujos como la heroína de fantásticas historias de espadas y brujería. Me decías que tenían carácter, pero lo único que yo veía era a unas elementas con unas tetas descomunales…comparadas con las mías, claro.

Después te convertiste en un melenudo contestatario que alborotaba a todo el vecindario con rock duro -colocando los altavoces del equipo de música en la ventana de tu habitación…gamberro-. Y ya puesto a dar disgustos, empezaste a dar la tabarra con que querías ser pintor, matricularte en Bellas Artes y, por su puesto, hacerlo en París. ¡Qué vergüenza! ¿Pero que se ha creído ese desgraciado? ¿Dónde se ha visto que el hijo de un notario tenga inquietudes artísticas?, decían mis padres, que me prohibieron dirigirte la palabra hasta que se te pasara el capricho. Me pasé los tres años siguientes viéndote a escondidas durante las vacaciones, y llorando a moco tendido mientras tanto.

Al final te expulsaron. ¡A saber la salvajada que harías! Años después me enteré –no por ti, claro, que siempre fuiste muy discreto con tus líos- que habían pillado a una profesora de Estética en actitud muy poco académica con uno de sus alumnos…encima de la mesa del despacho. Si llego a saber lo que vino después, te juro que les habría hecho caso a mis padres, desgraciado.

El caso es que estaba encantada de tenerte otra vez a tiro, tan cerca de mi que, para ver tu habitación, sólo me hacía falta asomarme –patio de luces de por medio- al ventanuco del cuarto de baño. Mientras te espiaba por las noches, me devanaba los sesos imaginando situaciones que siempre acababan igual: con un beso de película…después de que me pidieras salir. Pero tú, ni caso, para variar. Sólo tenías ojos para la hija de la portera. Ella te miraba como el gato al canario, y yo a ella como el barrendero a la cagada de perro en la acera, así que sólo era cuestión de tiempo que la pillara en tu habitación…posando.

Desde un punto de vista estrictamente académico, tendría que haberte dicho entonces que siguieras con la acuarela. Los retratos de aquella petarda, muy ligeritos de ropa para mi gusto, desprendían un increíble aroma romántico; y el hecho de que siguieras insistiendo en pintar rostros difuminados, realzaba la intensidad de la mirada de sus ojos: mis ojos. El óleo, según opinan la mayoría de especialistas, es mucho más exigente y versátil, pero a mi me siguen gustando más las acuarelas de tu primera época. De los treinta y siete cuadros que forman mi colección –uno por año, puntualmente recibido el día de mi cumpleaños-, tan solo cuatro son acuarelas y, junto con los dibujos al carboncillo de tu niñez, mi mayor tesoro.

¿Llegué a contarte alguna vez que mi madre estuvo a punto de llevarme al psiquiatra? Creo que no. Me pasaba las horas muertas encerrada en el baño, dejando correr el agua de la ducha –para consternación de mi madre, convencida de que Dios la había castigado con una hija aquejada de síndrome masturbatorio agudo-, y haciendo equilibrios sobre el inodoro, para asomarme al ventanuco. Quizá fue el bochorno de una noche de verano, o que mis dieciséis abriles se hartaron de esperar unas caricias que no terminaban de llegar nunca, o que mis manos se creyeron tus pinceles, pintando sobre mi cuerpo desnudo. ¿Qué más da? El caso es que al final tuve que darle la razón a mi madre.

Puede que algún día llegue a olvidarme de mi nombre, o de mis hijos, pero no de una encina en mitad de un campo de amapolas en flor. No recuerdo si fue tuya o mía la idea de sentarnos a la sombra para que me hicieras unos bocetos, pero me quedé boquiabierta cuando empezaste a recoger flores, hasta formar con ellas un mullido colchón carmesí, salpicado de amarillo y blanco de margaritas. No quiero mancharme el vestido, te dije, cuando vi la oportunidad con la que llevaba rezando desde hacía tanto tiempo. Aún así, me hiciste posar durante el resto de la tarde. Incluso llegaste a tejerme una diadema de espigas secas –ahora conozco su significado, bribón-. Oscureció y nos besamos. Nos amamos y enloquecí. Juntos así para siempre, te susurré al oído. Al final del verano desapareciste sin decir adiós.

Tres años más tarde, sin una miserable carta o llamada tuya, pero recibiendo puntualmente cada año un maldito cuadro –seguías vivo, menos mal-, me casé con Mario, un magnífico partido, en opinión de todo el mundo. Me helaste la sangre en las venas cuando, delante del altar, te oí toser. Llegó y se fue antes de terminar la ceremonia, me confesó después tu madre.

Tuve a los gemelos y me regalaste un cuadro que han tratado de comprarme por verdaderas fortunas: el de la madonna rubia, sentada a contraluz delante de la ventana, el torso desnudo, la cabeza inclinada –dormida o muerta, en eso los expertos no han acabado de ponerse de acuerdo- sobre los dos niños que amamanta. El paisaje tras la ventana es el de un campo de amapolas con una solitaria encina.

Los negocios de Mario prosperaban y nuestro matrimonio de iba al garete. Los niños, pese a que defendí con uñas y dientes mi derecho a educarlos, acabaron en el internado inglés que tan magnífica educación había proporcionado a mi marido. Y me llegó el chivatazo de que exponías en Londres. La excusa era perfecta, demasiado buena como para desaprovecharla y ajustar cuentas, partiéndote la cara de un guantazo.

¡Habías cambiado tanto que tardé en reconocerte! No quedaba ni rastro del adonis melenudo y ojos chispeantes que me acosaba en sueños. Parecías una triste sombra de ti mismo. Te volviste, me sonreíste como si nos hubiéramos visto el día anterior y me olvidé de todo. Aquella noche, mientras nos reíamos del escándalo que se debió organizar en la galería –estábamos demasiado ocupados como para enterarnos de nada- cuando el autor, sin mediar palabra, cogió de la cintura a aquella desconocida, la besó apasionadamente y se largaron juntos, me hablaste de Picasso y Marie-Thérèse Walter, Modigliani y Jeanne Hébuterne y Diego Rivera y Frida Kahlo. Intentaste explicarme que la pasión que devora al pintor -su obra- es tan intensa que arrasa con todo, incluyendo el amor, destruyendo a quien tiene más cerca. Me defendí, argumentando que Frida Kahlo no había terminado sus días de forma tan trágica como las otras dos. Porque estaba tan loca como Diego, respondiste. No tanto como yo…¿Y no se te ocurre otra cosa mejor que hacer que contarme historias de miedo?, concluí, antes de abrazarme de nuevo a ti.

Supongo que mi marido terminó por enterarse de todo, lo que no dejó de ser una ventaja. Mientras yo pasase por alto sus aventuras, fuese discreta con las mías y, de cara al exterior, siguiéramos representando el papel de una pareja modelo, todo estaba permitido. Sus dos únicos temores eran que sus socios llegaran a enterarse –mal asunto, tratándose de banqueros muy serios- o que yo llegara a presentar una demanda de divorcio, mil millonario divorcio. Esto último no se me pasó nunca por la cabeza…no mientras tú siguieras apareciendo y desapareciendo de mi vida.

Entre exposición y exposición anual, alternativamente en Europa y América, mi vida se reducía a descontar las semanas que aún faltaban, planear el viaje y estar al tanto de la escasa información que sobre ti trascendía a los medios de comunicación. Cada lío de faldas que se te atribuía era una puñalada más en mi corazón, juraba que nunca más…y siempre era un sí, allí estaré, las pocas veces que sonó el teléfono, anunciándome que estarías en España algunos días.

¿Se pude llamar felicidad a vivir dos o tres semanas en el paraíso y el resto del año en una espera interminable? Supongo que sí, o al menos, aprendes a creer que sí. Tu forma de compensarme era un cuadro -según los críticos de arte, el mejor de tu producción-, que llegaba puntualmente cada primero de junio. Para lo único que me valían era para que mi casa se convirtiera en centro de peregrinaje de tus devotos fieles…y para que la póliza del seguro y el sistema de seguridad subiera todos los años una barbaridad.

Debió de ser cuando murió mi marido –pensé que entonces cambiaría algo nuestra relación, pobre ilusa-, cuando alguno de esos cretinos se dio cuenta que las miradas de tus cuadros –la única parte del rostro que pintabas sin difuminar- tenían mis ojos. Se me ocurrió soltar la tontería de que quizá tuviera razón, pero achacando esa manía a una obsesión tuya por capturar el alma y plasmarla en el lienzo. Alguien transcribió mal mis palabras, de forma que la noticia que se publicó era que tú perdías parte de la tuya en cada cuadro. Ya sabes que la idea tuvo una gran aceptación, mi querido desalmado.

Algo se rompió dentro de ti cuando viajaste Sarajevo durante la guerra serbio-bosnia. El pintor de la belleza se transformó en un ser atormentado, obsesionado con el horror, y la luz y el color de tus cuadros se transformó en sombras y grises. El cuadro que me enviaste no era un cuadro, era una trágica viñeta: una pareja corriendo por una avenida batida por los disparos; el chico cae herido de muerte; la chica se detiene, indecisa entre volver atrás o ponerse a salvo; la mirada de súplica del muchacho: corre, no vuelvas atrás, parece estar diciéndole; un revuelo de faldas; el disparo del francotirador, estallando en su pecho; dos manos, que inertes sobre el asfalto, apenas se rozan con la yema de los dedos; o quizá no.

Los años siguientes sufriste tu particular descenso a los infiernos, trocando la obsesión por el horror por otras no menos autodestructivas: la injusticia –la adúltera apedreada hasta morir-, la hipocresía –los mendigos durmiendo sobre cartones a la puerta del Banco de España-, la desesperanza –otra madonna, salvo que ésta era negra y el bebé chupaba un seno marchito- y el odio –la mirada del hijo, que contempla impotente como el padre da una paliza a su madre-. Al menos, cuando al fin quedabas satisfecho con el resultado, y antes de partir tras el nuevo fantasma, podía tenerte a mi lado algunos meses, mientras te recuperabas.

Alguien te contó esa tontería de que al morir, con el último suspiro, el cuerpo pierde veintiún gramos: el peso del alma. Me reí, pero temí que fuera la disculpa para una más de tus escapadas. Afortunadamente, te contentaste con hacerme jurar que lo verificaría contigo. No te preocupes, te colgaré de un gancho de carnicero y te pondré en la báscula, bromeé.

El día que te presentaste delante de mi casa, sin avisar, con tres camiones de mudanzas detrás, preguntando por la dueña de la pensión, creí que se me saldría el corazón por la boca. Volé escaleras abajo, tropezando con el mayordomo, empujando a Josefina y volcando el servicio del desayuno, escandalizando a los transeúntes con mi salto de cama sin bata y colgándome de tu cuello, hasta que dimos con nuestros huesos en la acera. He quemado los pinceles, me prometiste. Se acabó, me juraste.

¿Sabías ya que se te agotaba el tiempo? Da igual. Me regalaste los dos años más felices de mi vida.

Amanece. La noche ha pasado como un suspiro. Abriré la ventana, ventilaré la habitación y cerraré la puerta, dejando que te vayas una vez más, pero esta vez no estoy dispuesta a perdonarte. No hasta que te vuelvas y me sonrías de nuevo.

Por cierto, el equipo médico ha cerificado que la diferencia de peso que tanto te preocupaba, es inapreciable. A mi no me ha pillado de sorpresa. Ya sabía que no te quedaba alma que pesar.